Vannes, nuestra primera experiencia
Emprendimos la marcha a buena hora después de tomar nuestro primer desayuno en la AC. Nuestro destino: Vannes, ciudad en la que murió San Vicente Ferrer.
Primera novatada: adentrarte en el centro de la ciudad. Ay, que esa calle es muy estrecha, ay, que en este aparcamiento no cabemos, que no damos la curva, sal, sal, hacia las afueras.
Después de dar algunas vueltas encontramos sitio en un P de pago. Las bicis se metían dentro de la acera y el morro sobresalía por delante de la plaza... los peatones nos miraban mal. Pero bueno… confiemos en nuestra suerte.
Paseo por el casco antiguo: casas de madera coloristas, calles bulliciosas, una fanfarria que anima una concurrida plaza con su música… visitamos la catedral, la plaza Valencia, el emblema de la ciudad (Vannes y señora), el Palacio, los antiguos lavaderos, la muralla, los jardines… todo muy bonito.
Compramos unos bocadillos para comer – ya hemos aprendido que la bebida es muy cara- y volvemos a la AC.
No hay multa.
Movemos la AC hacia el puerto deportivo. Encontramos un P gratuito con árboles y sombra.
Un sitio!! Aparcamos, ventilamos y a comer.
Teníamos dudas sobre si hacer un trayecto en ferri por el Golfo de Morbihan. Por ello, nos vamos a tomar un café (por lo general bastante malaco) y a comprar los tickets.
Ya en el barco al guía no se le entiende ni papa. Es bonito. El golfo está plagado de islas, con pequeñas playas abarrotadas de gente. Las barcas secándose apoyadas en las paredes forman un colorido mosaico, entre grandes mansiones rodeadas de jardines preciosos.
Nos pareció tal vez un poco largo. Dos horas. Y eso que era el más corto. No recomendaría hacerlo más largo.
De ahí a Quiberon. Habíamos leído opiniones sobre lo bonito de esta península con una fantástica Costa Salvaje. Cruzamos el istmo. Temíamos que hubiera atasco pero no tuvimos ningún problema.
Dimos un paseo por el pueblo. En la memoria algunas escenas: un camarero dando de comer chichis (churros) a las gaviotas en pleno vuelo, un faro que se ha quedado en medio del pueblo…
De ahí a la Costa Salvaje. Buscamos un acantilado en el que pasar la noche. Avanzamos y avanzamos sin ver ningún lugar en el que quedarnos. Pasamos por un área atestada de caravanas. No era ésa la idea que yo tenía de la costa salvaje. Decidimos seguir adelante. Casi en el final hay una pequeña área a la derecha, cerca del acantilado.
Hay sitio!!
Una vez nivelada, paseo por el acantilado para ver el atardecer. A lo lejos se oye el sonido de una gaita. Parece de coña. No entendemos de dónde sale el sonido. Caminamos por la senda que atraviesa toda la costa destinada a bicicletas y peatones. Allí, más adelante, divisamos un gaitero tocando, tal vez practicando. Fue un momento especial. Estábamos ya algo cansados del día. Así que disfrutamos del momento y de las vistas.
Más tarde, ya en la AC nuestra primera cena, regada con sidra por supuesto. Jugamos a las cartas, descansamos… ya de noche cerrada salimos a contemplar montones de estrellas.