El día amanece frío y lluvioso. Nos parapetamos con impermeables y nos vamos al muelle. Emprendemos la marcha camino al faro. Es una isla congelada en el tiempo. No hay carreteras, sólo es posible ir andando o en bici. Jardines, pequeñas casas, iglesias. En el centro del pueblo encuentras un pequeño mercado con frutas y pescado, algunas panaderías, restaurantes, aseos públicos… muy cuco. Los isleños van a comprar con carros y capazos de caña, de los que se desbordan acelgas y demás hojas verdes.
Llegamos hasta la otra punta, donde está el faro. El viento es muy molesto y hace frío. Dos gaviotas esperan atentas su regalo en forma de comida. Unas cuantas fotos, un descanso y a seguir. Tardamos algo más de una hora en hacer la ida. A la vuelta pasamos por una capilla dedicada a las brigadas de salvamento marítimo, donde puedes ver recortes de periódicos de una profesión que ya nadie escoge. En la pizarra, los nombres de las personas que se ha llevado el mar.
Después de ver bonitas vistas desde una capilla donde puedes sentarte en bancos para ver el paisaje, encontramos un supermercado. Se nos ha hecho algo tarde para coger el ferry del mediodía y comer en la AC. Compramos pan y algunas latas. Nos hacemos la comida en un parquecito. Una gata gris sinuosa y descarada nos acompaña. Acaba con todos los restos. Me da que no pasa mucha hambre...
Cogemos el barco de vuelta un kilómetro más lejos de donde nos había dejado por la bajada de la marea. Es impresionante cómo cambian los paisajes y las condiciones del tiempo casi en tiempo real.
Ya a la vuelta de la AC un nescafé calentito y un crepe con chocolate.
Carretera de camino al Cap Frehel, por donde se extiende un GR 34 que recorre toda la costa. Fue la primera vez que contemplamos las mareas en movimiento, chocando entre sí y formando líneas de agua en el océano. Desde el cabo Frehel se divisa el Forte Latte, un castillo amurallado muy bien conservado.
Alrededor un paisaje de acantilados y playas rocosas.
Aparcamos en un área para AC, más bien un aparcamiento. Intentamos acercarnos al pueblo pero anduvimos un buen rato a través del GR 34 y no llegamos demasiado lejos. Cruzamos algunas playas ataviados con sueters de manga larga y paraguas mientras los locales se bañaban. Una estampa realmente guiri.
A la vuelta, sacamos las sillas plegables. Cervecita, pipas y un buen libro.
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