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La Coctelera
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Una decisión meditada

Nuestra primera opción - recorrer la costa Oeste de Estados Unidos - fue dejando paso a hacer algo similar pero en Croacia. Solicitud de folletos, cotejo de opiniones en foros de viajeros... mientras múltiples destinos peleaban por alzarse como vencedores del destino de nuestras vacaciones en el verano de 2008. Sicilia, Cerdeña, qué tal Europa, y por qué no algo más exótico para desconectar de verdad?

Y qué hay de recorrer la Bretaña francesa? Sí, era apetecible. Pero comparándolo con otros destinos, más aventureros, más arriesgados, menos familiares tal vez, nos pareció que era un viaje un tanto de abuelacos (con perdón). Cómo darle un toque diferente? recorrido fluvial? deportes de aventura? Y por qué no una autocaravana?

Es más, nuestra primera autocaravana. Nos pareció lo más cercano a una aventura. Después de mirar bastante y hacer una difícil selección visitando incluso una tienda de autocaravanas para hacernos una idea más cercana de las dimensiones y las prestaciones elegimos una Marano T580, plateada. Nuestra flamante casita durante diez estupendos días.

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St Nazaire, nuestro punto de partida

Salimos de Valencia un domingo a las 7 de la tarde. Trabajo obliga. Hicimos noche en Pamplona. Se nos hizo algo pesado después de un fin de semana de poco descanso. Por la mañana, allá a las 9 salimos hacia Saint Nazaire, donde recogeríamos nuestra autocaravana.

El coche iba cargado hasta los topes. La ranchera llena, las bicicletas en la baca y en el asiento de atrás las ruedas delanteras de las bicis. Después de una buena parada y comida en tierras francesas, un considerable atasco en las inmediaciones de Nantes y un mediodía muy lluvioso llegamos a nuestro destino.

Michel, el propietario de la autocaravana, nos esperaba en un centro de vacaciones. Nos explicó de pe a pa el funcionamiento y los entresijos de la Marano en un francés demasiado rápido para mis lentos oídos. Menos mal que Pablo controla mucho y además no tiene vergüenza ni la conoce, aunque en general, al hombre se le entendía bastante.

Trasladamos todos los trastos de nuestro coche a la AC. Pablo se encargó de las bicicletas y yo del interior. Me sorprendió la cantidad de trastos que caben en una AC. Conseguimos dejarlo todo bastante ordenado. Perfecto. Haríamos nuestra primera noche en ese Centro de vacaciones. Una sensación algo extraña, al menos contábamos con las duchas del centro y también los baños.

Por la noche, nuestra primera incursión en la Bretaña, eso sí, en nuestro propio coche. Piriac, un pueblecito con un puerto deportivo y bonitas casas decoradas con flores. Todo muy muy cuidado. Crepes, Galletes, helados enormes nos asaltaban por la calle principal, bulliciosa y amable. Al final nos decidimos por una pizzeria en la que un chaval se ganaba unas monedas tocando el piano.

Todo perfecto. La comida: muy buena, la bebida: muy cara. Petición musical: Casablanca.

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Vannes, nuestra primera experiencia

Emprendimos la marcha a buena hora después de tomar nuestro primer desayuno en la AC. Nuestro destino: Vannes, ciudad en la que murió San Vicente Ferrer.

Primera novatada: adentrarte en el centro de la ciudad. Ay, que esa calle es muy estrecha, ay, que en este aparcamiento no cabemos, que no damos la curva, sal, sal, hacia las afueras.

Después de dar algunas vueltas encontramos sitio en un P de pago. Las bicis se metían dentro de la acera y el morro sobresalía por delante de la plaza... los peatones nos miraban mal. Pero bueno… confiemos en nuestra suerte.


Paseo por el casco antiguo: casas de madera coloristas, calles bulliciosas, una fanfarria que anima una concurrida plaza con su música… visitamos la catedral, la plaza Valencia, el emblema de la ciudad (Vannes y señora), el Palacio, los antiguos lavaderos, la muralla, los jardines… todo muy bonito.

Compramos unos bocadillos para comer – ya hemos aprendido que la bebida es muy cara- y volvemos a la AC.

No hay multa.

Movemos la AC hacia el puerto deportivo. Encontramos un P gratuito con árboles y sombra.

Un sitio!! Aparcamos, ventilamos y a comer.

Teníamos dudas sobre si hacer un trayecto en ferri por el Golfo de Morbihan. Por ello, nos vamos a tomar un café (por lo general bastante malaco) y a comprar los tickets.

Ya en el barco al guía no se le entiende ni papa. Es bonito. El golfo está plagado de islas, con pequeñas playas abarrotadas de gente. Las barcas secándose apoyadas en las paredes forman un colorido mosaico, entre grandes mansiones rodeadas de jardines preciosos.

Nos pareció tal vez un poco largo. Dos horas. Y eso que era el más corto. No recomendaría hacerlo más largo.


De ahí a Quiberon. Habíamos leído opiniones sobre lo bonito de esta península con una fantástica Costa Salvaje. Cruzamos el istmo. Temíamos que hubiera atasco pero no tuvimos ningún problema.

Dimos un paseo por el pueblo. En la memoria algunas escenas: un camarero dando de comer chichis (churros) a las gaviotas en pleno vuelo, un faro que se ha quedado en medio del pueblo…

De ahí a la Costa Salvaje. Buscamos un acantilado en el que pasar la noche. Avanzamos y avanzamos sin ver ningún lugar en el que quedarnos. Pasamos por un área atestada de caravanas. No era ésa la idea que yo tenía de la costa salvaje. Decidimos seguir adelante. Casi en el final hay una pequeña área a la derecha, cerca del acantilado.

Hay sitio!!

Una vez nivelada, paseo por el acantilado para ver el atardecer. A lo lejos se oye el sonido de una gaita. Parece de coña. No entendemos de dónde sale el sonido. Caminamos por la senda que atraviesa toda la costa destinada a bicicletas y peatones. Allí, más adelante, divisamos un gaitero tocando, tal vez practicando. Fue un momento especial. Estábamos ya algo cansados del día. Así que disfrutamos del momento y de las vistas.

Más tarde, ya en la AC nuestra primera cena, regada con sidra por supuesto. Jugamos a las cartas, descansamos… ya de noche cerrada salimos a contemplar montones de estrellas.

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Lorient, Pont Aven, Concarneau, Quimper y Pt du Raz. Segundo día

Después de una buena ducha emprendimos la marcha. Buscamos una boulangerie para comprar el desayuno. Croissant, crepe y un pastel de manzana. Más adelante encontramos una zona de césped donde paramos a desayunar.

Vamos camino de Lorient, una base de submarinos de la II Guerra Mundial. Nos cuesta un poco encontrarla.

Es un lugar interesante que da dentera. Hay unos hangares enormes, donde se construían los submarinos. Grises, oscuros, gigantescos rematados por hormigón de hasta siete metros de espesor!! Enfrente, en el agua, restos de barcos hundidos ven pasar el tiempo.

Nos es imposible visitar el museo ya que no abren hasta las 13.30 horas. Otra vez será!

Pont Aven es nuestro siguiente destino. Cuna de artistas donde las galerías de pintura aparecen como setas. A ellas se unen unas tiendas en las que venden las auténticas galletas bretonas. No las probamos. 20 euros la caja.

Damos un paseo. Está muy cuidado, las flores son preciosas.

Siguiente parada: Concarneau, una ciudad amurallada.

Antes de entrar buscamos un restaurante. Buscamos uno de la guía pero estaba algo alejado. Nos sentamos en uno para probar les mules frites (cuencos con alrededor de 700 gramos de mejillones hechos con crema o al vapor acompañados de patatas fritas).

De paseo por Concarneau se divisan tiendas de ropa, recuerdos, heladerías, restaurantes y unas tiendas en las que se venden un montón de galletas y dulces con muy buena pinta. Por supuesto, picamos.

Es uno de los pocos sitios en los que había mucha gente.

Quimper. Es un día largo y caluroso y tal vez hemos sido demasiado ambiciosos. Nos dirigimos a Quimper, una ciudad relativamente grande, con una hermosa catedral y unas preciosas calles con casas de entramado de madera. Damos un paseo entre la gente y nos tomamos un café en una terraza para retomar fuerzas. Es muy bonito, tal vez mejor visitarlo más tarde. Fue de los pocos lugares en los que pasamos calor.

Buscamos un mercado para comprar algo de pan para la cena. Compramos una barra ancienne. Y tan ancienne, por la noche estaba duro como una piedra.

Nuestro objetivo es pasar la noche en Pointe du Raz, algo así como el Finisterre español. Llegamos con la tarde nublada y un viento que te corta la cara. Es un área en la que pagas para entrar; 10 euros si pasas la noche y 6 euros si solamente vas de visita. Paseamos hasta llegar a la punta en la que se divisa el viejo faro en el Atlántico.

Hicimos alguna foto con los móviles. Nos habíamos dejado la cámara en la AC...

Finalmente nos quedamos a pasar la noche con vistas a un acantilado. El viento golpeaba la AC y se agradecía el calorcito dentro de la autocaravana. Cenita y a dormir escuchando la lluvia sobre nuestras cabezas…

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Locronan en un día lluvioso. Tercer día

El tercer día amanece lluvioso. Partimos hacia Locronan. Aprovechamos un poste en la plaza de la iglesia para vaciar y reponer agua y electricidad. Desayunamos pastel breton recién comprado (medio kilo de pastel – que nos dura varios días).

La lluvia nos acompaña esa mañana. Paseamos por el pueblo. Muy bonito. Casas de piedra decoradas con flores que dan un toque de color en un día realmente gris. La boulangerie es preciosa. También la iglesia. Entramos en una tienda de productos típicos, donde encontramos una inmensa variedad de cervezas. El dueño nos habla en un español casi perfecto. Compramos 6: de algas, de agua de mar, de sidra, etc, etc.

Nos dirigimos a Pleyben, donde está situado uno de los calvarios más grandes de Francia.


Seguimos hacia St Pol de Leon. De camino paramos en un bar de carretera. Nuestra intención era comer algo caliente en un día inhóspito pero no. Demasiado tarde. La hora da para dos bocadillos más largos que un brazo que engullimos sin rechistar.

Ya en ST Pol de Leon vamos a ver la bahía. Nos pegamos una buena siesta. Visitamos el campanario, una iglesia gótica y vemos montar un mercadillo en el que venden crepes.

Seguimos por la bahía de camino a Morleaux. Un pueblo marinero. Pasamos por debajo de un enorme viaducto. No bajamos de la AC. Nuestro destino es Locquirec.


El cielo está medio despejado, medio tormentoso cuando aparcamos en un área a la orilla del océano.

Nos animamos a bajar las bicicletas. Vamos hacia el pueblo con vistas al océano, con bonitas mansiones. El pueblo pequeñito, pesquero, con un colorido puerto deportivo y algunos restaurantes.

A la vuelta aprovechamos para montar un tenderete gipsy alrededor de la AC. Las toallas de baño, las zapatillas, el paraguas, los impermeables.. para aprovechar los últimos rayos de sol.


Momento perfecto para hacer algunas fotos a la puesta de sol (pablo) probando la cámara nueva y de tomar un vino blanco acompañado de pipas mirando el mar (isabel). Esos pequeños momentos que son un verdadero placer…

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Costa de Granito Rosa. Cuarto día

Durante la ducha antes del desayuno escuché a Pablo hablar con alguien. Ya tienes Crepes, me gritó desde la puerta.

Y es que una señora pasó por el área vendiendo Crepes faites a la maison. Un pedazo paquete de crepes me esperaba en la mesita del desayuno. Ummm

Abandonamos nuestra playa para dirigirnos a Tregastel, la costa de granito rosa. Enormes guijarros de granito repartidos por la costa. Cogemos las bicicletas para recorrer la senda de los aduaneros. Mansiones, bonitas vistas, en un entorno marcado por la bajada de las mareas con los barcos varados en la arena.

De ahí vamos a Ploumarach donde comemos las primeras galletes y sopa de pescado algo picante.

Las sendas por la costa son muy bonitas y vale la pena dar un paseo. El tiempo es cambiante. De pronto hace sol o pega un chaparrón. Un buen consejo es no dejarse nunca el chubasquero en la AC.

Nos dirigíamos a l’Arcouest. De camino visitamos Treguier. Iglesia gótica, cuyo campanario contiene figuras de las cartas de poquer haciendo alusión al modo en que se consiguió el dinero para acabar la catedral. En Paimpol compramos carbón para estrenar nuestra mini barbacoa. Bonitas vistas del océano.

Nuestro objetivo era visitar al día siguiente la isla de Brehat. A unos pocos metros de donde se coge el ferry para llegar a la isla hay un aparcamiento donde puedes pasar la noche. Hay zonas destinadas a las AC. Esa tarde estaba llena y la aparcamos en una zona que, como se ve en la fotografía, estaba reservada a los coches.

Justo antes de cenar, mientras leíamos un rato, se acercó un chico a decirnos algo. Vendía coquilles (algún molusco). Llevaba puesta una chaqueta del Alinghi. Resulta que había estado trabajando de submarinista en la Copa América en Valencia. Una casualidad. Hablaba bastante bien español.

Por la tarde noche emprendimos la aventura de la mini bbk. Verduras, brochetas… a fuerza de abanico español conseguimos que la cosa tirara. Cenita y a dormir.

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Isla de Brehat. Quinto día.

El día amanece frío y lluvioso. Nos parapetamos con impermeables y nos vamos al muelle. Emprendemos la marcha camino al faro. Es una isla congelada en el tiempo. No hay carreteras, sólo es posible ir andando o en bici. Jardines, pequeñas casas, iglesias. En el centro del pueblo encuentras un pequeño mercado con frutas y pescado, algunas panaderías, restaurantes, aseos públicos… muy cuco. Los isleños van a comprar con carros y capazos de caña, de los que se desbordan acelgas y demás hojas verdes.

Llegamos hasta la otra punta, donde está el faro. El viento es muy molesto y hace frío. Dos gaviotas esperan atentas su regalo en forma de comida. Unas cuantas fotos, un descanso y a seguir. Tardamos algo más de una hora en hacer la ida. A la vuelta pasamos por una capilla dedicada a las brigadas de salvamento marítimo, donde puedes ver recortes de periódicos de una profesión que ya nadie escoge. En la pizarra, los nombres de las personas que se ha llevado el mar.

Después de ver bonitas vistas desde una capilla donde puedes sentarte en bancos para ver el paisaje, encontramos un supermercado. Se nos ha hecho algo tarde para coger el ferry del mediodía y comer en la AC. Compramos pan y algunas latas. Nos hacemos la comida en un parquecito. Una gata gris sinuosa y descarada nos acompaña. Acaba con todos los restos. Me da que no pasa mucha hambre...

Cogemos el barco de vuelta un kilómetro más lejos de donde nos había dejado por la bajada de la marea. Es impresionante cómo cambian los paisajes y las condiciones del tiempo casi en tiempo real.


Ya a la vuelta de la AC un nescafé calentito y un crepe con chocolate.

Carretera de camino al Cap Frehel, por donde se extiende un GR 34 que recorre toda la costa. Fue la primera vez que contemplamos las mareas en movimiento, chocando entre sí y formando líneas de agua en el océano. Desde el cabo Frehel se divisa el Forte Latte, un castillo amurallado muy bien conservado.

Alrededor un paisaje de acantilados y playas rocosas.

Aparcamos en un área para AC, más bien un aparcamiento. Intentamos acercarnos al pueblo pero anduvimos un buen rato a través del GR 34 y no llegamos demasiado lejos. Cruzamos algunas playas ataviados con sueters de manga larga y paraguas mientras los locales se bañaban. Una estampa realmente guiri.

A la vuelta, sacamos las sillas plegables. Cervecita, pipas y un buen libro.

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Forte La Latte. Dinard y Dinan. Sexto día

Por la mañana del sexto día nos acercamos al Forte La Latte. De ahí a St Briac Sur Mer. Aparcamos cerca de un parque. A pesar del mal tiempo bajamos las bicicletas. Visitamos Lancieux donde un enorme rastro (brocante) ocupaba las calles céntricas del pueblo.

Comimos una saucisse gallete. Unas galletes con salchicha, muy buenas, compradas en un puesto callejero con una humareda olorosa como mayor reclamo. Nos supo a gloria. Repetimos.

De ahí fuimos a la AC para ver las carreras de Fórmula1. Fue la única vez que vimos la tele.


De St Briac a Dinard. Paseo por el Pleno de luna, un paseo resguardado del viento que recorre la costa, desde donde se ven las piscinas de agua de mar y los barcos varados. Y las primeras vistas de un St Malo con cielo encapotado.

Las playas tienen mucha animación por las tardes. Con la bajada de la marea, las personas se adentran en la arena para bañarse, practicar windsurf o canoa o, simplemente, pasar la tarde.

La playa de Dinard tiene cierto parecido a la Concha de San Sebastián.

Compramos algunas provisiones y de ahí a nuestro siguiente destino: Dinan.

Dinan, a primera vista, tiene buena pinta. Ves primero el puerto fluvial. Aparcamos en una zona de AC, debajo del viaducto. Salimos a dar un pequeño paseo. Dinan te sorprende a cada paso. Es un pueblo precioso. Muy bien conservado. La zona de restaurantes en torno al puerto fluvial da paso, a través de una puerta de piedra o una gran escalinata al recinto medieval.

Vimos un restaurante, una moulerie con mucho encanto. No nos pudimos resistir. Nos quedamos a cenar entre otras cosas, mejillones. Cómo no.

A la salida nos sorprendió la lluvia y nos refugiamos en un wc público. Sorprende lo limpios que están y la cantidad que hay.